La batería de Guille

Los niños también se desprenden de sus afectos y posesiones.

Uno de los retos de mi maternidad ha sido migrar con los niños. Enseñarles a desprenderse de sus cosas, a adaptarse a experiencias nuevas y a ser feliz. Aunque esto último ha sido siempre lo más fácil porque Guille desde que habló te decía siempre “yo no me me sabo poner bravo, yo solo se ponerme feliz”.

En el 2015 nos tocó salir de Venezuela (algún día contaré lo que significó eso para mí pero por ahora me centraré en una de las historias que viví con los niños) y como muchos de nosotros hicimos listas de lo que se vendería, lo que se botaría y lo que se donaría. Bárbara estaba muy pequeña, solo tenía 4 años y la mayoría de sus muñecas viajaron con ella o se adelantaron en la maleta de su papá cuando se fue unos meses antes que nosotros.

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El negarnos a odiar también es un acto de rebeldía

No me enseñaron a odiar, jamás he odiado en mi vida; aunque creo que en algunos casos tenía razones para ello. Por lo que sé, es un sentimiento que carcome el alma y la existencia. He visto gente deshecha física y emocionalmente por sentir Odio.

Desde que emigré he trabajado en mi, he llorado y rezado mucho para no odiar. No es fácil andar explicando el por qué tomé ciertas decisiones, tampoco fue fácil explicar por qué me iba o renunciaba a algunas cosas. Fue más fácil callar y dejar que asumieran que los abandonaba.

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