La batería de Guille

Los niños también se desprenden de sus afectos y posesiones.

Uno de los retos de mi maternidad ha sido migrar con los niños. Enseñarles a desprenderse de sus cosas, a adaptarse a experiencias nuevas y a ser feliz. Aunque esto último ha sido siempre lo más fácil porque Guille desde que habló te decía siempre “yo no me me sabo poner bravo, yo solo se ponerme feliz”.

En el 2015 nos tocó salir de Venezuela (algún día contaré lo que significó eso para mí pero por ahora me centraré en una de las historias que viví con los niños) y como muchos de nosotros hicimos listas de lo que se vendería, lo que se botaría y lo que se donaría. Bárbara estaba muy pequeña, solo tenía 4 años y la mayoría de sus muñecas viajaron con ella o se adelantaron en la maleta de su papá cuando se fue unos meses antes que nosotros.

Guillermo, en cambio, estaba cumpliendo 6 años cuando su papá viajó, día que además cayó un día del padre. Él entendía un poco más y aunque se veía muy desprendido con la mayoría de sus posesiones hubo tres por las que lloró: el triciclo rojo en forma de moto, su escritorio y la batería. El primero y la tercera fueron regalos del Niño Jesús y el escritorio, que era el sitio donde hacía sus dibujos y tareas, se lo habíamos comprado cuando empezó la escuela.

Guille y sus tesoros.

No recuerdo la marca del escritorio pero era bellísimo; la tabla tenía pintura de pizarrón de tiza y podía convertirse en un caballete para colocar las hojas o lienzos y contaba con un mecanismo para poner un rollo de papel infinito y así tener siempre donde dibujar.

La batería la donamos al conservatorio de una amiga, la moto al hospital pediátrico y el escritorio nos lo compró una mamá de la escuela a la que asistía Guille. Los días en que buscaron cada una de esas cosas Guillermo lloró.

Cuando buscaron la moto fue un llanto a todo pulmón, yo solo le decía que pronto tendría una bicicleta y que haría feliz a un niño en el hospital al darle la motico. Con la batería su llanto fue en silencio pero con hippeo (así se le dice al llanto ahogado en Venezuela, ese que hace que de forma involuntaria suspires y te ahogues al mismo tiempo, sobre todo cuando tratas de aguantar, aunque no se si está bien escrito), ya estaba resignado y entre su llanto me decía “se que los niños serán felices con mi batería”.

Al irse el escritorio Guille hizo como si no llorara. Solo me dijo, con los ojos aguados, que le recordara a los niños que lo cuidaran porque a él le gustaba mucho.

La recompensa.

Luego de tres años de haber emigrado hemos podido reponer poco a poco esas cosas, la bicicleta fue regalo de cumpleaños para Guille y Bárbara en junio del año pasado, hace poco la mesita de Guille se cambió por un escritorio de gente grande y hoy, 24 de septiembre de 2018, llegó su batería. Estoy terminando de escribir esto y él aún no llega de la escuela y no sabe lo que le está esperando en su cuarto.

Hoy mi día no puede terminar de otra forma sino con una gran sonrisa aunque con lágrimas, como casi siempre, pero esta vez de felicidad.

 

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